Líder


Learning to fly


-Hola mi vieja amiga- escribió el hombre en su teclado apostado junto al velador del dormitorio. Una vez más preciso de tus consejos.
La pantalla, originalmente oscura como el más negro de los carbones, refulgió con brillantes letras de tono verde azulado. -Aquí estoy, ¿dime? ¿en qué te puedo ayudar ahora?- preguntó, vía texto mientras titilaba el signo interrogación en la pantalla.
-Quiero poder comunicarme con ella, escribió. No sé cómo.
La computadora colocó una serie de puntos suspensivos que parpadeaban sobre el oscuro fondo. De pronto una columna de vapor surgió de entre los cables.
-Háblale, dijo la máquina.
Y el hombre giró entonces la cabeza hacia su compañera acostada en el otro lado de la cama y por primera vez en años le dijo: “hola”.

Quería ir al cine.
Quedaban pocas horas de luz y con ello cada vez menos del domingo. Me metí al computador, busqué la cartelera en la página de un local y encontré una cinta medianamente decente.
Le avisé a mi vieja por si quería ir. Me dijo que sí, así que me fui a duchar.
Faltaban dos horas para la función.
Salí del baño y me comencé a vestir.
Escogí la camisa verde oliva que, pensaba, me hacía ver bien.
Para hacer un poco de ejercicio agarré una barra con un resorte al medio y estaba en ello cuando se me soltó frente a la boca.
¡Paf! –escuché y de inmediato, un dolor intenso, fulminante, como si me hubieran atravesado la boca con un cuchillo comenzó a fluir y a palpitar violentamente. Alertado y asustado -ya que sentía el sabor salado de la sangre que entraba por mi garganta-, pensé en palparme mis dientes, para saber si seguían allí.
¿Y si al tocarlos se me caen?- pensé con aún más temor.
Lenta y meticulosamente hice avanzar la lengua, como un explorador adentrándose en una selva desconocida, y los sentí.
-Uff- me dije para mis adentros-, aún siguen ahí.
Avance lento y silente hasta el baño y me miré ante el espejo. Un costado de mi labio inferior derecho se había cuadruplicado en tamaño y una leve franja roja sanguinolenta lo adornaba.
-Entonces esto no es tan terrible- pensé y me di vuelta el labio con las manos.
Un chorro de sangre salpicó el espejo y unas gotas adornaron la camisa nueva.
-Ok, esto necesita puntos –entendí y me fui hasta la pieza de mi madre.
-Vieja, vamos a tener que ir a un hospital- le dije.
Y ella, desde su pieza preguntó –¿Por qué?, ¿te pasó algo?.
-Me volé el labio, le contesté.
Pidió un radiotaxi y, en minutos, íbamos en un rumbo distinto al originalmente planeado.
Horas más tarde, tras sentir la anestesia más dolorosa de mi vida y 12 puntos después, estaba de vuelta en casa.
Aún no puedo recordar que película quería ver ese domingo de febrero del 2008 y la camisa verde oliva ya no me entra.
Todavía tengo la barra y ahora, una cicatriz junto a los dientes.

Hola, soy Fontanarrosa -dijo el tipo del pelo largo.
-Imposible-, le respondí. Fontanarrosa se murió hace un tiempo, agregué.
-No, señaló. Quien falleció fue el actor que hacía de mí, explicó.
Parpadié rápido, sorprendido y le invité un café.
Y de improviso, comenzó a llover.
Queda Poco
Hay días en los que todo parece transitar entre medio de la filosofía de estos dos